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Diego Ricol: Jazmines en Lídice: una poesía audiovisual sobre el profundo dolor de la pérdida

Jazmines en Lídice”, primer largometraje de ficción dirigido por Rubén Sierra, con base en una historia escrita por la destacada dramaturga Karin Valecillos, inspirada en una serie de entrevistas realizadas a 54 mujeres que perdieron al menos un hijo a causa de la violencia. Luego de recibir reconocimientos como Mejor Proyecto en el Festival de Cine de Cartagena y una Mención Especial en Cine en Construcción en Toulouse, Francia, la película se estrenó en el Miami Film Festival.

En nuestro país el filme se exhibió por primera vez durante la pasada edición del Festival de Cine Venezolano de Mérida, trasladado en esa oportunidad a Caracas.

Un atajo creativo

Sierra quizás tomó un atajo creativo: no construyó la obra cinematográfica desde cero. Aprovechó las enormes bases dejadas por el montaje teatral homónimo que obtuvo el Premio Isaac Chocrón en su primera edición, el Premio de la Asociación Venezolana de Crítica Teatral y el Premio Municipal de Teatro, y sobre las bases de los personajes configurados por las mismas actrices que los interpretaron sobre las tablas edificó su versión audiovisual.

Esto, por supuesto, no le resta mérito al trabajo artístico del realizador. Por el contrario, demuestra una habilidad y sensibilidad que le permitieron no solamente trasmitir la fuerza expresiva de la historia a otros códigos, sino además crear su lenguaje propio con la sintaxis que permite el medio audiovisual.

Con un manejo magistral del lenguaje audiovisual, Rubén Sierra crea una elegía cinematográfica sobre el dolor. Los planos largos y el ritmo pausado poético, le confieren a la cámara una responsabilidad adicional, ya no es solamente la ventana a través de la cual se muestra la historia.

En jazmines en Lídice la cámara es un personaje más, es como el fantasma de Raúl que observa su propia ausencia en una casa adolorida, silenciosa, solitaria, gris; se convierte en testigo silencioso de las vidas de Meche, de sus hermanas y de su esposa, vidas detenidas, en pausa, por la profundidad del dolor propio y la fuerza del duelo de Meche.

Pero esta elegía audiovisual no se regodea en el dolor, porque, finalmente, la vida continúa, Meche no consigue la imposible tarea de eliminar su dolor, comienza a aprender a vivir con él y finalmente el fantasma de Raúl, representado en el plano de la cámara, se libera para descansar en paz.